Hola a tod@s:
Aún no hace ni una semana que la noticia daba la vuelta al mundo. Haití era asolado por un terremoto que superaba el grado 7 de la escala de Richter que para información de quien esté leyendo se trata de un terremoto mayor con graves daños. El hecho, además, de que se produjera a una profundidad de tan solo 11.000 metros hizo que su fuerza devastadora fuera aún mayor.
Así que en un minuto, pues no duró mucho más, Haití, pero sobretodo su capital Puerto Príncipe cuya población supone casi el 50% del total se vio reducida a un amasijo de escombros que sepultaban multitud de cadáveres.
Esta vez la muerte, no fue selectiva y golpeó de forma indiscriminada sin pararse a mirar condición social, raza, credo o género. Y ello en el país más pobre del continente americano.
Haití que se independizó del colonialismo francés en 1804. Fue el primer país en el que la rebelión de la población sometida a esclavitud condujo a su emancipación. Por ello, no obstante, pagó un alto precio, el precio del olvido, del aislamiento y del ostracismo.
Es precisamente en su extrema pobreza donde hay que buscar que este seísmo haya sido tan mortífero y destructivo. Las construcciones, en las que se ha escatimado el cemento, para que resultasen más baratas y eso en las que se ha empleado dicho componente, han hecho que las mismas fuesen tan vulnerables y que aunque el fenómeno hubiese sido de menos intensidad igualmente los daños hubiesen sido muy elevados. Su pobre infraestructura a todo nivel, desde el logístico hasta el sanitario ha contribuido también a agravar la situación.
En estos momentos Haití se encuentra sumida en el caos. Carente de todo tipo de servicios básicos, sin agua potable ni medios para hacerla llegar, con una infraestructura sanitaria que si ya de por sí era precaria ahora es prácticamente nula, con miles de individuos que vagan sin saber a donde ir, despojados de sus escasos bienes, sin ropa de recambio, sin poder enterrar dignamente a sus muertos y sin saber si esta noche podrán probar bocado o beber.
Haití ha perdido su pasado, su legado histórico, que yace entre ruinas. Su población apenas podrá recordar su pasado, tiene un presente de horror y carece de un futuro claro.
Las ayudas, más voluntariosas que efectivas, no acaban de llegar a sus destinatarios, pues falta combustible y las vías de comunicación están muy afectadas. El único aeropuerto con que cuenta, se satura y entre la población crece la desesperación.
Poco a poco se va imponiendo la ley del más fuerte y la justicia se toma y se imparte por una población cada vez más al borde de la locura colectiva.
A buen seguro que nos habremos dicho que siempre reciben los más pobres, yo me cuento entre ellos, pero en realidad reciben aquellos a quienes nosotros abandonamos a su suerte.
Este suceso debería de avergonzar, a nuestros dirigentes, pero también a nosotros mismos que una y otra vez somos espectadores de toda suerte de atrocidades cometidas en nombre de valores supremos o divinos y ante las que nos cruzamos de brazos, diciéndonos como para justificarnos que nuestra voz, nuestros gestos, nuestras acciones, nada pueden hacer frente a tales desmanes.
Lo que ahora vive Haití, como digo, nos debe avergonzar, pero debería golpear nuestra conciencia de tal forma que nos hiciese salir de nuestro cómodo letargo.
Ahora ha sido Haití, pero podría ser Cuba cuya población es posible que no se merezca a los dirigentes que tiene, pero mucho menos se merece el embargo permanente a que está sometida. Podría ser Somalia, Sierra leone, Afghanistan donde parece que hayamos estigmatizado a todos sus habitantes como terroristas islámicos, pero donde en realidad cada día decenas de miles de personas hacen como nosotros, buscarse la vida de la mejor manera que pueden o saben aunque con menos medios y posibilidades que nosotros. Tal vez podría pasar en lugares menos castigados o al menos aparentemente, podría pasar en Argentina, donde la pobreza crece día a día, o en Ecuador, Bolivia, etc. etc.
Todos estos países que he citado y muchísimos otros que me dejo en el tintero son bombas de relojería que pueden explotar en cualquier momento, solo hace falta un terremoto, una sequía agudizada, un tsunami o una intervención humana y el drama, al igual que ahora en Haití estará servido.
Hay que ayudar a los haitianos, es cierto, y si cada uno de los españoles colaborase con un simple Euro, podríamos hacer muchísimo, imaginemos si de media pudieran ser diez en vez de un euro, pero no nos hemos de quedar aquí. Ese gesto puede servir para acallar nuestras conciencias, pero es insuficiente, hay que hacer más.
El saber popular en sus refranes nos recuerda que un garbanzo no hace puchero, pero ayuda a su compañero.
En Haití hace falta nuestra ayuda, pero ¿Dónde está Haití? No está únicamente en ese pequeño trozo de la isla caribeña de La Española. Haití está en muchos sitios del planeta, a veces está incluso a la vuelta de la esquina de nuestra calle, en los mayores que malviven con sus escasas pensiones, en los parados de larga duración que ya han agotado sus recursos, en las mujeres maltratadas, en los niños sin infancia, si todos desempolvásemos viejas palabras que un día nos enseñaron y que guardamos en el baúl del olvido, palabras como solidaridad, caridad, cariño, altruismo, etc., no podríamos evitar los terremotos ni los muertos que ellos producen, pero tal vez podríamos hacer que fuesen menos.
No menospreciéis nunca vuestra fuerza individual, mucho menos la fuerza colectiva.
Un abrazo a tod@s
Hace 13 minutos





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